Un día en Ginebra
24 de Mayo de 2010 por josera

Aprovechand que mi hermana está en suiza de Erasmus, no podía pasar la oportunidad de hacerle una visita, y así conocer un poco de Suiza, así que dicho y hecho; aprovechando que el fin de semana hubo un puente aquí en Alemania y tenía libres jueves y viernes; busqué un vuelo: Dresde – Ginebra, con Lufthansa, aunque la parte mala es que salía a las 6 de la mañana (me tuve que levantar a las 3 de la mañana para poder coger el avión), y la parte buena es que a las 10 estaba ya en Ginebra. En el aeropuerto me recogió mi hermana, y ya que estábamos allí decidimos visitar Ginebra. En el propio aeropuerto de Ginebra hay una estación de trenes, compramos un billete y en un ratillo llegamos a la estación de trenes de Ginebra.
Desde allí salimos y cogimos una calle que nos bajó hasta el lago Lemán, donde pudimos ver el géiser artificial que hay en Ginebra y que prácticamente se ha convertido en un símbolo de la ciudad. Cruzando sobre el lago se entra en el casco antiguo, y comienzan las cuestas: Nada que envidiar a Martos, Suiza es un país muy montañoso y no hay que ir muy lejos para comprobarlo: basta con visitar sus ciudades, subir sus cuestas y admirar las montañas que lo rodean.
Continuamos subiendo, buscando la catedral, que nos servía de referente con sus torres, y buscando buscando junto a la catedral vimos el antiguo edificio que la sede de la Sociedad de Naciones (algo así como la ONU de después de la II Guerra Mundial), hasta que finalmente pudimos bordear la catedral y entrar. Muy interesante una capilla adyacente con frescos, vidrieras y decoración gótica.
Continuamos dando un paeo por el casco antiguo, encontrándonos con un edificio con los archivos, (no sé muy bien que archivos) y donde incluso tenían expuestos unos cañones de principios del siglo XIX.
Aprovechamos para sentarnos a comer, que ya era hora, aunque había llovido y hacía algo de fresquete nos sentamos en la terraza de un restaurante y aprovechando que tenían pescado en la carta, lo pedí (aunque fuese guisado con mantequilla, que en Alemania es un bien escaso).
Con la barriga llena, continuamos dando una vuelta por la ciudad, esta vez bajando hasta la zona nueva, donde nos encontramos con el ayuntamiento y el conservatorio de la ciudad; justo enfrente hay un gran parque con un monumento a la reforma religiosa; al salir del parque estuvimos andando un rato sin rumbo fijo, hasta que nos perdimos. Nos dimos la vuelta, y encontramos una iglesia ortodoxa, en la que pudimos entrar.
Cerca está también el Museo de la ciudad (Museo de Arte e Historia de Ginebra). Entramos y nos fuimos a visitar las salas de arqueología; aunque no se podían hacer fotografías, la colección era realmente impresionante: Arte egipcio, griego y romano, piezas interesantísimas, tanto de escultura, como de cerámica. Incluso egipcio tenían varios sarcófagos y varios fragmentos de papiro.
Tras salir del museo, estábamos algo cansados, así que fuimos a sentarnos y a tomarnos algo. El producto típico de Suiza es el chocolate, así que no podíamos fallar.
Ya descansados, fuimos a la parte nueva de la ciudad, cerca de la estación de trenes; como teníamos tiempo, fuimos a un parque y ya al lado de la estación de trenes vimos una iglesia católica del siglo XIX (La catedral es protestante) y una antigua facultad.
Finalmente cogimos el tren, y nos fuimos para Lausana, donde dejamos las cosas en la habitación y nos fuimos a cenar a un asador. ?Que dura es la vida de turista!







[...] El otro día, con tanta espera en el aeropuerto de Frankfurt, me dio por pasarme por las librerías que hay en las zonas de espera de los aeropuertos y me encontré con varios libros interesantes. Uno de estos es “A Short History of Nearly Everything” de Bill Bryson. En algún blog ya había leído alguna reseña de este libro, y me pareció interesante, así que nada más verlo, lo compré, aunque estuviese en inglés. Bill Bryson suele escribir sobre viajes, y hace que este libro sea un poco raro dentro de su obra: Es un ensayo de divulgación sobre la historia de la ciencia, en su sentido más amplio: empieza explicando los orígenes del Universo, y como a lo largo de la historia, los científicos, muchas veces movidos por la curiosidad más que por otra cosa han ido haciéndose preguntas, y planteando respuestas, a veces acertadas, a veces fallidas; y como los experimentos y las observaciones han hecho posible el avance de la ciencia. Toca todas las ramas de las Ciencias, las que estudiábamos en el colegio con el nombre de Ciencias Nautrales: Geología, Física, Química, Biología y Antropología, desde los primeros descubrimientos modernos, allá por el siglo XVII, hasta prácticamente investigaciones de hoy en día (El libro es del año 2003). Contado de una forma muy amena, y divertida, hasta permitiéndose el hacer bromas y juegos de palabras en muchas situaciones. Muchos recuerdos a todo cuanto estudiamos en el Colegio, aunque aquí se traten algunos con mayor o menor profundidad, dependiendo del caso. Desgraciadamente, como siempre ha ocurrido, la aportación española a nivel científico es cuanto menos nula, aunque tampoco eso tiene que pillarnos de sorpresa, porque España nunca ha destacado por ser terreno de científicos. Un libro muy divertido y ameno sobre (casi) toda la historia de la Ciencia, que engancha y que no se puede dejar. Muy recomendable. [...]
[...] En el viaje que hice el mes pasado a Suiza todavía me quedaba por escribir del tercer día, que fue también el último. Después de visitar Ginebra y Lausana, el tercer día fuimos a visitar algo diferente: El Castillo de Chillón, situado exactamente en la otra punta del lago Lemán respecto a Ginebra. Así que después de consultar los horarios de los trenes y como llegar, salimos de la estación de trenes de Lausana, cogimos un tren regional, que nos llevó hasta un apeadero de un pequeño pueblo (Territet), donde hicimos un trasbordo, cambiando a un barco (se pagaba aparte y se paga dentro del mismo), que nos dejó en el mismo castillo. Para visitar el castillo hay que pagar la entrada, más las opcionales audio-guías interesantes si quieres saber qué es lo que ves en cada sala y la historia del castillo. Las primeras salas que se visitan son las galerías inferiores, construídas directametne sobre la piedra, que servían como bodega (y cuando hacía falta hasta como cárceles) para el resto del castillo. En algunas columnas hay incluso “grafitis” de presos y visitantes posteriores del castillo. El más conocido de todos es de Lord Byron. Volviendo a la superficie, se visitan ya patios y habitaciones construídas ya “más altas”, pasando por salones, comedores, dormitorios y todas con grandes chimeneas. En esta época en que no tenían calefacción,… aunque los romanos años antes si que tuvieran calefacciones… Interesante es una de las capillas que se visita con sus frescos bastante bien conservados. Después de visitar unos salones dedicados a la administración del castillo, se tiene la oportunidad de recorrer al paseo de guardia: La zona donde los soldados patrullaban el castillo, y antes de terminar la visita, la oportunidad (voluntaria) de subir a la Torre del Homenaje desde donde se disfruta de unas bonitas vistas del lago y los pueblos de alrededor. El castillo tiene muchas partes restauradas, aunque la restauración comenzó a finales del siglo XIX y se terminó prácticamente de restaurar en los años 40, y su punto estratégico residía en controlar las rutas comerciales al norte de los Alpes, fueron dueños los condes de Savoya (desde el siglo XI), para cambiar posteriormente (1475) a manos de Berna, hasta que poco a poco fue perdiendo su importancia militar y pasó a ser posesión de Vaud. [...]
[...] Este fin de semana ha estado mi hermana de visita en Dresde, devolviéndome así la visita que yo le hice a Suiza en mayo. El jueves por la tarde, después del trabajo fui a recogerla al aeropuerto, y cogimos el S-Bahn que nos dejó en la estación de trenes; aunque tuvimos una parada por el camino por obras en la vía. Desde la estación de trenes hasta la residencia fuimos dando un paseo porque la distancia es muy corta, y además es por la Praguer Straí?e, una calle muy animada con mucho comercio, de Dresde. Después de soltar las cosas, nos fuimos a cenar, y elegimos la zona de la Weií?e Gasse, una zona de restaurantes/bares detrás del Ayuntamiento, bastante animada; y al final fuimos a dar con un restaurante holandés; aunque la verdad es que yo no noté mucha diferencia con la comida alemana. El lunes, después del trabajo, me volví para la residencia, y nos encontramos con más españoles, así que fuimos a la Mensa de la Universidad para comer, y luego nos volvimos para el centro de la ciudad; lo primero que íbamos a visitar en plan turistas. Aunque el tiempo no acompañaba mucho, estaba nublado y chispeando, nos bajamos del tranvía y cruzamos el puente (Carolabrí?cke) sobre el Elba, desde el que pudimos disfrutar de la típica vista de la Terraza del Elba, con todos sus edificios. Nos fuimos dando un paseo por la orilla, hasta llegar al siguiente puente, el Augustusbrí?cke, allí vimos la escultura ecuestre del Rey “Augusto el Fuerte“, conocida como “Goldener Reiter“, y desde allí fuimos dando un paseo hasta llegar al casco antiguo; empezamos a pasear por la zona y nos fuimos a la Frauenkirche, que por fin pude visitar. Después nos fuimos dando un paseo hasta el Palacio, para subir a la torre y disfrutar de las vistas de la ciudad. Desde allí, y como ya empezaba a ser un poco tarde, y muchas cosas empezarían a cerrar, nos fuimos para el Zwinger, un edificio de recreo, con varios patios enorme, y colecciones de pintura, escultura, porcelana, armas, etc. Allí estuvimos dando una vuelta, subiendo a la planta superior, y recorriendo sus recobecos. Después ya de tanto paseo, nos volvimos para la residencia a descansar un poco y coger el tranvía para ir a cenar a Neustadt; pasamos por el Kunstoff Passage con sus curiosas decoraciones de los bajantes de la lluvia. Al final, después de dar varias vueltas, fuimos a caer en un bar alemán, de comida americana, donde cenamos. Y luego vuelta a casa, que aún quedaba el sábado y el domingo. ?Qué dura es la vida del turista! [...]