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Toro Farnesio
El sábado fue nuestro último día entero en Nápoles, por lo que decidimos dedicarlo a dar una vuelta por la ciudad y visitar Herculano; después de levantarnos y desayunar por las cercanías del hotel, nos fuimos dando un paseo hasta el Museo Arqueológico de Nápoles, disfrutando del paseo de las calles y su típica apariencia napolitana.
El Museo está dividido en varios bloques, por orden cronológico:
– Arte egipcio
– Esculturas en mármol clásicas
– Metales y bronces de las villas de Pompeya y Herculano
– Mosaicos
– Esculturas de bronce
Desde mi punto de vista lo más interesante es la cantidad de piezas de arte romano, procedente de la península y en especial de las colinas del Vesubio, lo que sin lugar a dudas hacen de este museo único en todo el mundo con una especialización que dejará con la boca abierta a todos los amantes del arte romano.
En la colección de mármoles destaca la colección Farnesio, procedente de Roma, muchas piezas de las Termas de Caracalla y cuya colección se formó ya en el Renacimiento, con obras espectaculares como el Toro Farnesio y otras «menores», como bustos griegos, copias romanas y bustos romanos.
En la parte de bronces romanos, gran cantidad de las piezas provienen de las ruínas de Pompeya y Herculano, lo cual nos da una idea de los utensilios utilizados día a día hace 2000 años por los habitantes de estas ciudades: lucernas, vajillas de lujo, cajas, marfiles, etc.
La siguiente sección que visitamos fue la de los frescos. Sin palabras; realmente impresionante la cantidad de frescos rescatados de las cenizas del Vesubio y los dibujos, pinturas, figuras alegóricas, religiosas, mitológicas, incluso algunos con efectos constructivos para dar imagen de perspectiva.
La colección de bustos de bronce no deja al resto de la colección en mal lugar; máxime cuando el bronce a lo largo de los años ha sido re-fundido para otros propósitos lo que hace que sean mucho más escasas a día de hoy. Realmente curioso es poder disfrutar incluso de alguno de los papiros rescatados de la «Villa de los Papiros», que 2000 años después de la catástrofe, en el siglo XVIII pudieron ser abiertos y leídos; lo cuál significa que es la mayor biblioteca clásica que ha llegado hasta nuestros días. (Los papiros al carbonizarse no fueron atacados durante estos siglos por las bacterias por lo que no se deterioraron).
Los mosaícos también forman una de las colecciones más emblemáticas de este museo, con algunas piezas muy reproducidas, incluso en la portada de la conocida serie de televisión «Roma«. El grado detalle y la capacidad cromática de estos mosaicos, sinceramente, es muy diferente a los mosaicos que he visto expuestos en España.
Antes de entrar al gabinete secreto, una estufa, muy parecida a las que podamos utilizar a día de hoy, nos da la bienvenida a esta pequeña colección de objetos con carácter erótico y sexual, al que los antiguos romanos eran tan aficionados.
Tras salir del museo, dimos una vuelta por la ciudad, callejeando entre el Museo y la «Via dei Tribunali», donde pudimos ver muchas tiendas especializadas de comercio tradicional, y mezclarnos con todo el bullicio de Nápoles e incluso yo pude disfrutar de un rico helado de chocolate típico napolitano.
Andando andando, llegamos hasta la Basílica de San Francisco de Paula, y luego a la zona cercana al puerto, una especie de paseo marítimo (aunque sin playa), donde encontramos varios restaurantes bastante apañdos para comer.
Después, y ya algo tarde, salimos, cogimos un taxi y nos fuimos corriendo para Herculano… demasiado tarde: cuando llegamos, acababan de cerrar y no admitían más visitas. Tuvimos que consolarnos con ver las ruinas desde fuera. Aún así el taxista por la tarifa que nos había pedido se ofreció a darnos una vuelta por los cerros de Nápoles para ir viendo la ciudad desde varias perspectivas; aunque el tiempo, las lluvias y las nubes tampoco nos dejaron ver mucho. Pudimos ver desde polígonos industriales abandonados hasta barrios residenciales de lujo.
Llegamos a Nápoles ya anocheciendo y fuimos directamente al hotel para ducharnos e ir a cenar. Estuvimos dando una vuelta por la zona justo detrás del «paseo marítimo», donde vimos un barrio comercial y encontrarmos un restaurante agradable para cenar.
Al día siguiente, nos esperaba un buen madrugón, para coger un taxi, y vía Roma, llegar a Málaga y volvernos a casa, ya en Domingo Santo; paramos en Antequera a comer y re-encontrarnos con la cocina patria, antes de llegar a casa y preparanos para retomar el trabajo el lunes. Fin de la Semana Santa y de las vacaciones.

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